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viernes, 14 de junio de 2019

Espacio Cultural y Museo Julio Sosa y Estatua en Las Piedras

En el departamento de Canelones, en la localidad de Las Piedras, Uruguay, donde nació, se encuentra el Espacio Cultural y Museo Julio Sosa. El mismo fue Declarado Patrimonio y Material de la Humanidad por la UNESCO. Aquí te dejamos el LINK DE ESPACIO CULTURAL Y MUSEO JULIO SOA http://www.museos.gub.uy/index.php?option=com_k2&view=item&id=678:espacio-cultural-y-museo-julio-sosa&Itemid=57 Por otro lado en Argentina, más precisamente en Acassuso, partido de San Isidro, al norte del conurbano , también existe otro Museo de Julio Sosa. Aquí la info. 1054, Presidente Quintana, 1640, Acassuso, San Isidro, AR Argentina Contactos teléfono: +54 9 11 6441-5873

viernes, 3 de mayo de 2019

EFEMÉRIDES POPULARES. EL 26/11/1964 MUERE EL POPULAR CANTOR DE TANGOS Julio Sosa, el Varón del Tango

El 26 de noviembre de 1964 muere, en un accidente automovilístico ocurrido en el centro de Buenos Aires, Julio María Sosa Venturini, más conocido como Julio Sosa y apodado El Varón del Tango. Fue un cantante uruguayo de tango que alcanzó la fama en Buenos Aires en las décadas de 1950 y 1960. El 26 de noviembre de 1964 muere, en un accidente automovilístico ocurrido en el centro de Buenos Aires, Julio María Sosa Venturini, más conocido como Julio Sosa y apodado El Varón del Tango. Fue un cantante uruguayo de tango que alcanzó la fama en Buenos Aires en las décadas de 1950 y 1960. Nació en el seno de una familia humilde, en su juventud, a causa de la pobreza, ejerció varios empleos (popularmente conocidos como "changas"). Sus comienzos profesionales fueron como vocalista en la orquesta de Carlos Gilardoni en la ciudad de La Paz. Se fue a Buenos Aires en 1949. Llegó a triunfar en el Río de la Plata, siendo considerado uno de los cantores de tango más importantes de la segunda mitad del siglo XX Sosa tenía una pasión por los autos, y había tenido varios accidentes de tránsito por conducir a desmedida velocidad. Como consecuencia, falleció a los 38 años, a las 9:30 horas del 26 de noviembre de 1964, en un accidente automovilístico ocurrido en la esquina de la Avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla del barrio de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires. Sus restos fueron velados en el Salón Argentina pero la multitudinaria concurrencia obligó a trasladar los cortejos fúnebres al Luna Park. La Opinión Popular Durante sus 15 años de trayectoria en Argentina, Sosa fue cantor de tres orquestas. La primera, Francini-Pontier (1949-1953), con la que realizó 15 grabaciones en RCA Victor, entre ellas Por seguidora y por fiel, Dicen que dicen, Viejo smoking y El hijo triste (única grabación a dúo de su discografía, junto a Alberto Podestá); la segunda, la de Francisco Rotundo (1953-1955), con el que grabó 12 temas en el sello Pampa, entre ellos Justo el 31, Mala suerte, Secreto, Yo soy aquel muchacho y Bien bohemio; y la tercera, la de Armando Pontier (1955-1960), ya desvinculado de Francini. En esta etapa Sosa grabó en total 33 registros, 8 de ellos para RCA Victor (1955-1957) y los 23 restantes en el sello CBS Columbia (1957-1960). Algunos temas destacados son: Tiempos viejos, Araca París, Cambalache, Al mundo le falta un tornillo, Padrino pelao, Tengo miedo, Margo, El rosal de los cerros, Brindis de sangre y Azabache. Fuente: Wikipedia

La voz de Julio Sosa, una cosa de todos los días


5/2/2006 | 09:00 | Flamantes 80 años de edad podría estar luciendo por estos días el uruguayo Julio María Sosa Venturini, de no haber mediado aquel fatal accidente que tronchó la vida de Julio Sosa (02-02-1926/26-11-1964) --nombre acotado para convertirse en seudónimo-- cuando apenas transitaba los treintiocho y había logrado elaborar ya uno de los más notables fenómenos de popularidad en el historial de la música ciudadana. Flamantes 80 años de edad podría estar luciendo por estos días el uruguayo Julio María Sosa Venturini, de no haber mediado aquel fatal accidente que tronchó la vida de Julio Sosa (02-02-1926/26-11-1964) --nombre acotado para convertirse en seudónimo-- cuando apenas transitaba los treintiocho y había logrado elaborar ya uno de los más notables fenómenos de popularidad en el historial de la música ciudadana. Cantor de registro grave y de muy varonil vocalización salió a la palestra en una época difícil, sobre todo porque lo suyo debió emerger frente a una avalancha de géneros comerciales que no por casualidad le ganaban largamente en difusión al legado tanguero de las décadas del '30 y del '40. Nativo de Canelones, con apenas 18 años dio su primer gran paso en la temática cuando logró acceder a los estudios de grabación Sandor, de Montevideo donde registró cinco temas junto a Luis Caruso, incluido Sur, en todo un atrevido cotejo con el reciente estreno del tema por parte de Edmundo Rivero en el legendario "Tibidabo", de Buenos Aires. La guarda vieja Sin duda, el comienzo de una historia grande en materia de interpretación, en la que matizó los mejores temas de la denominada guardia vieja con creaciones contemporáneas, forjando una imagen de virilidad y ternura que consiguió concitar la atención del piberío, amen del natural respeto de los adeptos de origen. Así, debe considerárselo como uno de los más activos hacedores de que el tango recuperara adhesiones multitudinarias, propias de sus mejores épocas. Ya instalado en Buenos Aires junto a la agrupación de Francini y Pontier dejó versiones inolvidables de El ciruja, Dicen que dicen, Por seguidora y por fiel, Viejo smocking y Olvidao, entre otros. Junto a la orquesta de Francisco Rotundo, surgió el rótulo de "El varón del tango" y llegaron notables creaciones de Levanta la frente, Dios te salve, m'hijo; y con Armando Pontier, Llorando la carta, Margo, El rosal de la ruinas y una actualísima y casi excluyente versión de Rencor. La etapa postrera de su labor lo vio triunfando y definitivamente ganador junto a Leopoldo Federico, "adueñándose" de temas como El último café o Que falta que me hacés, apoyado en un nivel popularidad sólo destinada a unos pocos, merced a la proyección de una imagen que le evitó cualquier comparación de condiciones canoras --valga el ejemplo-- con Roberto Goyeneche, cuyos inmensos recursos vocales y la versatilidad de su decir estaban todavía postergados en la consideración del gran público. Hasta la fatal colisión de su automóvil con un semáforo, cuando conducía a 100 kilómetros por hora y que provocara una su inesperada muerte, llegó a ser absurdamente tergiversada como una conjura (a lo sumo del destino), propio de reacciones emparentadas con idealizaciones de fuerte contenido popular.
Lo cierto es que, a más de cuarenta años de su lamentada desaparición física, la voz de Julio Sosa --registros mediante-- sigue siendo cosa de todos los días. Osvaldo De Rosa/"La Nueva Provincia"

Espacio Cultural, Museo Julio Sosa y su palabra y Su Casa de la Calle Helguera 2440, Placas y Libros


Presentación Este museo, inaugurado en el año 2013, es un espacio cultural creado en homenaje al Varón del Tango, nacido en la ciudad de Las Piedras. Tiene entre sus objetivos la valorización y la divulgación del Tango como manifestación cultural que une música, danza y poesía y que ha sido reconocido por Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. A su vez se propone investigar, documentar y difundir y la figura de Julio Sosa, valorizándolo como exponente del tango local y nacional. Se encuentra ubicado en las instalaciones del Hipódromo de Las Piedras. Información adicional Dirección:Hipódromo de las Piedras. Avenida Bicentenario S/N Teléfonos:(00) 598 23666703 E-mail:espaciocultural.juliososa@imcanelones.gub.uy Dependencia:Público Colecciones:Arte, Historia Yo no quiero discutir las condiciones literarias de ciertas letras que andan por el ambiente, pero por ejemplo hoy, escuchando en el hotel la radio, escuché un cantor que antes cantaba tangos y que afortunadamente dejó de cantar tangos, porque le hizo un bien al tango yéndose, y que ahora dice Cicerón, Cicerón chá chá chá... Yo no sé, una gansada y es vergonzoso lo que pasa en este país, porque si usted pasa un tango en una emisora oficial y dice la catreta o la mina, se lo censuran y no esas idioteces que lo único que hace es embrutecer a la gente, y con respecto al auge del twist y esos ruidos molestos, la culpa la tienen los padres de los chicos de veinte años que bailan moviendo las caderas, como si fueran bataclanas. Antes ser argentino era signo de virilidad, de hombría... JULIO SOSA zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
DEFENSA 535 LAS PIEDRAS, PRIMERA CASA DE SOSA.

JULIO SOSA VIVE y Familiares y Amigos


Ricardo Albanese es el mayor coleccionista de objetos pertenecientes al mítico cantor Hace rato colecciona objetos del cantor charrúa y busca un lugar para exponer su colección. Al hueso: Ricardo Albanese es un hombre que prácticamente dejó en Pampa y la vía a los herederos de Julio Sosa. Conserva hasta el volante del auto con el que El Varón del Tango se pegó el palo el 25 de noviembre de 1964. No se rían, ya quisiera el Negro Lavié tener uno de estos íntegros ejemplares de devoción o devotos ejemplares, gente cuyos dioses están, o estuvieron, en la Tierra. El más grande coleccionista del cntor Julio Sosa Léanlo: “Soy coleccionista de todo lo que se refiere a Julio Sosa. Tengo ropa, cartas, discos, casetes, magazines, revistas, diarios de la época, objetos personales. También heredé las pertenencias de la madre y su hermana y hasta tengo el volante del auto con que tuvo su trágico accidente. Me gustaría poder conseguir un lugar estable para poder exhibir todo. Te cuento un poco, yo soy amigo y asistente del maestro Leopoldo Federico. Un día lo acompañé a Cancillería y me tocó saludar a la señora Presidenta. Le comenté de mi colección, ella me dijo que le gustaba mucho Julio Sosa y me ofreció hacer la muestra en la sala de conferencias de la Casa Rosada. A la semana me llamaron y me presenté, arreglé con una señora y estoy esperando que se concrete… ¡En 2014 se cumplen 50 años de la muerte de Julio!”. La idea es aporteñarlo. Si bien Ricardo es de Mataderos, Julio Sosa, protagonista espiritual del presente aguarrás fue, se sabe, uruguayo. Un intríngulis limítrofe que, en estos casos, se resuelve con bastante facilidad: alcanza con haber visto el otro día a los muchachos del Cuarteto de Nos participando, mansa y colonizadamente, de nuestros Premios Gardel. “Sí, obvio, a mi casa pueden entrar todos los que quieran, pero no sé si es lo más cómodo. Hay gente que llama a mi teléfono, ¿puedo dejar el teléfono para otros amantes del tango? Me llaman al 15 6397 4523 y vienen, ven lo que tengo, se sacan fotos… Hoy por hoy mi casa es el lugar que conserva la memoria de Julio Sosa. En 2004, cuando se cumplieron cuarenta años de su muerte, llevé mis objetos al Museo de la Ciudad. La muestra era por dos semanas y duró dos meses… Mirá: este es el molde de la escultura de Julio que está en ciudad de Las Piedras, en el Partido de Canelones, Uruguay, donde nació. Me lo donó la mujer del artista. Ella sabía quién era yo. Cuando Bergoglio asumió como Papa mencionó que escuchaba tango y que como cantor le encantaba Julio Sosa. Le estoy escribiendo una carta al Papa, pero prefiero que no hablar de eso, es algo privado”. El fotógrafo retrata a Ricardo con un sombrero y con el volante del auto. Resulta que el cantor, amante de la velocidad, se llevó por delante una baliza luminosa en la esquina de Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla. La réplica de esa baliza también está en la casa de Ricardo. “El auto era un DKW Coupe Fissore, y este sombrero es el que Julio usó para la película Buenas noches Buenos Aires, dirigida por Hugo del Carril”. Ricardo cuenta una historia detrás de otra. Esta es buenísima: “Cuando empecé a coleccionar cosas de Julio, que me volvía loco con su voz, me hice una lista de la gente vinculada a él: músicos, amigos, familia, mecánicos… buscaba en la guía y llamaba. Un día conozco a Roberto Benítez, mi antecesor. El, más grande que yo, se volvió fana de Julio cuando tenía diez años. Por esos días Julio se mata y Benítez, un pibito, averigua que el auto chocado está en una comisaría cercana a River. Va y se las rebusca para llevarse los puchos que Julio había apagado en el cenicero del auto. Ah, me olvidaba, la mayólica que está donde se mató Julio la hice poner yo en 2007. Bueno, Benítez se llevó hasta la insignia del auto y después despegó la chapa de Helguera 2440, último domicilio de Sosa. Los puchos, la placa y algunas fotos, todo eso, lo heredé yo. Y tengo fotonovelas de Julio que ni Benítez había podido conseguir. Benítez empezó a pasarme sus objetos porque, según me confesó, ya había perdido un poco el entusiasmo y se daba cuenta de mi creciente fervor. El volante lo gestioné con el mecánico. Lo tenía colgado en la oficina de su taller. Lo fui a ver y le conté de lo mío. Le dije que hasta tenía camisas y corbatas que me había dado la viuda, y me lo terminó regalando”. zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz La madre, la hermana y su amigo Cacho Maggiolo. ,,,, Septiembre 1964 última visita a Las Piedras

Julio Sosa y el duende de la ciudad y Vida y Obra de un Cantante


lio Alanizon 16 junio, 2018Relatos La historia me la contó un amigo hace unos cuantos años. Su padre había sido amigote de Julio Sosa y, según sus palabras, fue él quien una noche de copas y tangos le comentó la anécdota. Tengo motivos para creer que la historia es verdadera, más allá de exageraciones que suelen acompañar a ciertas anécdotas que se relatan a lo largo de los años. Julio Sosa debe haber tenido veinte y pico de años cuando llegó a Buenos Aires. Venía, como quien dice, con una mano atrás y otra adelante. Tenía dos o tres recomendaciones y la dirección de una pensión en Caballito, atendida por una mujer oriunda de Piedras, el pueblo uruguayo donde había nacido. Su equipaje se reducía a un balija de cartón, unos pesos en el bolsillo y un saco que le quedaba ajustado. Caía la tarde, estaba nublado y hacía frío. Antes de tomar el taxi, Sosa lo pensó dos veces porque andaba con la plata justa y esos eran lujos que no podía permitirse. Sin embargo lo hizo, porque no tenía la menor idea de dónde quedaba la pensión. El taxista era un tipo mayor, que lo miró con cierto recelo, como alguien que está bien y le fastidia que un joven de risa fácil interrumpa su soledad. El hombre se peinaba a la gomina y tenía esa palidez propia de los tipos que viven más de noche que de día. Parecía cualquier cosa menos un tipo sociable Sosa fue siempre un tipo simpático, entrador. Y cuando era joven, no le negaba la charla a nadie, conversaba hasta con los postes. El taxista no fue la excepción, pero en este caso no le fue fácil arrancarle palabras a su imprevisto chofer. Las primeras respuestas fueron desganados monosílabos, pero mientras el auto enderezaba por una avenida, en cierto momento, como si se despertara, el hombre le preguntó el motivo de su presencia en Buenos Aires. Sosa contestó que era cantor de tangos, que se inició en el oficio en su pueblo, después incursionó en algunos modestos escenarios de Montevideo y el verano anterior había cantado en una cantina de Punta del Este. Si usted viene a cantar tangos a Buenos Aires, me imagino que conocerá la ciudad, comentó el hombre como si estuviera hablando solo. Imposible saber con exactitud cómo se encadenaron los hechos, pero lo seguro es que en cierto momento los hombres conversaban como si se hubieran conocido de toda la vida. Sosa recuerda que el tipo le pareció un tanguero de ley, de esos que sólo en la ciudad de Buenos Aires se pueden encontrar si se tiene mucha suerte. Recuerda que el hombre -que podía tener la edad de su padre- siempre lo trató de usted. Otro detalle: hablaba como si lo que contara le hubiera ocurrido a otros y a él no le interesara demasiado.También recuerda que la radio del auto estaba encendida, pero nunca escuchó un tango. El taxi transitaba ahora por una calle cualquiera, cuando el hombre le propuso dar un paseo por algunos lugares que, según él, un tanguero no podía dejar de conocer. Sosa le advirtió que sus recursos económicos eran escasos. El hombre se encogió de hombros, como si lo que acababa de escuchar no le importara. Al primer lugar que fueron fue a Barracas. Allí le mostró algunos locales nocturnos, las ruinas de una casa donde alguna vez funcionó un célebre prostíbulo y un comedor gallego en el que almorzaba con frecuencia Hipólito Yrigoyen. El taxi estacionó en la esquina de un avenida cercana al Riachuelo y el hombre invitó a compartir una cerveza. El taxista seguramente era cliente de la casa, porque el patrón lo atendió como si lo hubiera conocido de toda la vida. A Sosa lo presentó como un uruguayo que canta tangos con voz de guapo. Sosa se preguntó de dónde había sacado lo del tono de guapo, si nunca lo había escuchado cantar. Oscurecía cuando dejaron Barracas y apuntaron al centro. Pasaron por Constitución, anduvieron por Balvanera y Once, tomaron Corrientes y en alguna esquina dobló a la izquierda para mostrarle la casa donde había vivido Carlos Gardel. Ya era noche cerrada cuando pararon en un bodegón cerca del Bajo y él invitó a comer un puchero de gallina que él lo acompañó con whisky. El tipo hablaba poco, pero lo suficiente como para informarle de los secretos recorridos de la ciudad nocturna. Eran informaciones parcas, precisas y despojadas de cualquier connotación retórica. No era un guía turístico -dirá Sosa muchos años después- era un porteño mostrando la ciudad a un visitante que decía cantar tangos. La noche la remataron en un cabaret de Leandro Alem. Allí el hombre le presentó a otro cantor de tangos y a dos o tres mujeres que estaban haciendo las primeras copas de la jornada. Tomaron whisky en la barra y varias personas se acercaron al taxista para saludarlo, saludos que él respondía con una inclinación de la cabeza. No parecía un taxista -dirá Sosa- parecía un gran señor, uno de esos señores de la noche al que todos le rinden honores y reconocimientos. Una vez más fue presentado como cantor de tangos y, según Sosa, en ese cabaret de mala muerte, rodeado de putas viejas y veteranos, sin micrófono y con un vaso de whisky barato en la mano, cantó sus tres primeros tangos en Buenos Aires, el último acompañado por el anónimo cantor de tangos al cual nunca más volvió a ver. ¿Qué tangos fueron? Sosa no se acordaba, pero creía que el segundo fue ´´Mala suerte´´, de Pancho Gorrindo Deben de haber sido las tres de la mañana cuando su inspirado guía decidió dejarlo en la pensión de Caballito. Sosa llegó esa noche con unas cuantas copas de más y, por supuesto, recibió los consabidos reproches de la patrona por la hora y el aliento. El taxista se despidió de él con un breve saludo y un ligero apretón de manos. Tan fuerte era la extrañeza de Sosa, que ni siquiera atinó a preguntarle el nombre. Tampoco amagó pagar el viaje. Pasaron los años, el joven Venturini se transformó en Julio Sosa y luego en el Varón del Tango. A principios de la década del sesenta llegó a ser el cantor más popular de Buenos Aires, el hombre que acerco el tango a la juventud. Radio, televisión, espectáculos nocturnos, contaban con el tono de su voz y su pinta ganadora. Sin embargo, con frecuencia Sosa se acordaba de aquel taxista que lo recibió en la ciudad y le hizo conocer los laberintos secretos de Buenos Aires. Intentó reconstruir aquella noche y más de una vez pasó por donde creía recordar que habían estado juntos, pero todo fue en vano: o la memoria le fallaba o los locales habían cerrado y nadie sabía nada de ellos. Cada vez que viajaba con el auto, miraba a los taxistas para ver si reconocía a ese flaco alto, algo desgarbado, impenitente fumador y tomador de whisky, que hablaba poco, manejaba un taxi y gustaba de los tangos. Una vez, en uno de los programas televisivos de más rating, contó esta historia y después de dedicarle un tango a los tacheros solicitó al público que le dieran los datos para encontrarlo, porque él quería devolverle sus gentilezas, compartir una cerveza, un vino y, por qué no, algunos tangos. Nunca volvió a tener noticias de él. Como si se lo hubiera tragado la tierra o nunca hubiera existido. Una noche de copas, un amigo le preguntó por ese hombre y él se puso serio, apoyó el vaso de vino en la mesa y después de un breve silencio, contestó que en realidad el hombre que lo había esperado en el puerto esa tarde de otoño era un fantasma o un duende, el duende de la ciudad que lo recibió disfrazado de taxista. Verdadera o no, ésa es la historia. Los detalles pueden haber variado, pero en lo fundamental así pasaron las cosas. Más difícil de creer es la versión divulgada por uno de los amigos que lo acompañaba a Sosa aquella fatídica noche de noviembre de 1964. Habían salido de la radio y pensaban cenar en un boliche de Palermo cuando de pronto Sosa se lanzó como un bólido detrás de un taxi. Fue una carrera de locos que incluyó chocar contra un kiosco de diarios y llevarse por delante un cordón. A esa altura del partido, los amigos se fueron bajando del auto asustados. Solo, continuó por Figueroa Alcorta hasta encontrar el semáforo fatal. Según sus amigos no estaba borracho, sino poseído por una imagen, la imagen que vio o le pareció ver entre el estrépito del tránsito, de un taxi manejado por un flaco de mejillas hundidas, labios finos y peinado a la gomina.

jueves, 18 de abril de 2019

Reseña y recordatorio a 50 años de su partida


Quién sabe en qué pensaba Julio Sosa el 25 de noviembre de 1964 a las tres y veinte de la madrugada, a metros de entrar en la mitología. Ajeno a las incesantes conjeturas que iban a sobrevivirlo, devoraba el asfalto de Figueroa Alcorta con su DKW Fissore rojo, tras una despedida de soltero. Tenía 38 años: aceleraba, sin saberlo, el último tramo de su vida. Algunos, como su amigo Leopoldo Federico, sostienen que debió esquivar un camión que salía de una estación de servicio a la altura de Mariscal Castilla. Tal vez tuvo una última imagen de la baliza montada en la estructura de hormigón, en medio de los carriles; tal vez no: un instante después entró en el misterio definitivo. Las horas posteriores dejaron, sí, algunas trágicas certezas: la trompa del auto alemán —con el que había posado sonriente para revistas del espectáculo— convertida en chatarra, el volante deportivo deformado por el golpe del cuerpo, la agonía de 30 horas en las que nunca recuperó la conciencia, el doctor Raúl Matera diciéndoles Está clínicamente muerto a su tercera mujer, Susana Merighi, y a sus amigos, la muerte completándose en el sanatorio Anchorena la lluviosa mañana del 26. Comenzaba el adiós a un ídolo popular que tenía apenas quince años de carrera en Buenos Aires, a un artista de origen pobre que —con alrededor de 200 temas grabados y un carisma extraordinario en vivo— estaba en la cúspide. El velorio comenzó en el Salón La Argentina, legendario local bailable de Rodríguez Peña 361. Pero la multitud obligó a que siguiera en el Luna Park, con colas que se renovaban bajo la lluvia, entre paraguas, lágrimas y desmayos. Hubo más de 100.000 personas. El cortejo fúnebre hasta la Chacarita duró 6 horas; la guardia de infantería dispersó con gases lacrimógenos a una multitud desbordada en el cementerio. Los medios de la época fueron unánimes: el sepelio del cantor uruguayo era comparable con los de Hipólito Yrigoyen, Carlos Gardel y Eva Perón. Después, los artículos se ramificaron en homenajes, indiscreciones y alegorías. Que el día anterior al accidente Sosa había cantado por radio Splendid La gayola (con su premonitoria “Pa’ que no me falten flores dentro del cajón”). Que, donjuan como siempre, transitaba por turbulencias sentimentales. Que solía abusar de la velocidad —ya había tenido dos accidentes de auto; en uno de ellos se había fracturado una pierna—. Que había bebido la noche del choque fatal. Que su viuda había soñado con esa muerte. En todo caso, ella pidió que el DKW fuera arreglado en un taller de Juan B. Justo al 2.300; vana intención de reparar lo irreparable. Julio Sosa había nacido en una casita de tablas y chapas: 2 de fe brero de 1926 en Las Piedras, Uruguay, a 20 kilómetros de Montevideo. Su padre, Luciano Sosa, peón rural, y su madre, Ana María Venturini, lavandera, lo llamaron Julio María. “Mi viejo era analfabeto y mi vieja, sirvienta. Siempre tuvimos un pasar humilde. Nos faltó de todo. Cuando debuté en Buenos Aires, me tuvieron que prestar un traje”, recordó él, mucho después, ya al resguardo de sus changas como lustrabotas, de repartidor de farmacia pueblerina o de vendedor ambulante. También fue marinero de segunda en la aviación naval, pero no resistió mucho tiempo la rígida disciplina. Todo fue precoz para él: la muerte y el amor, la desdicha y el éxito; la música. A los 14 años cantaba en el Café Parodi, de donde fue echado por ser menor de edad; a los 16 se casó con Aída Acosta; a los 18, se separó; a los 22 ya había cantado con varias orquestas y grabado cinco temas con la de Luis Caruso (Sur, entre ellos). A los 23, llegó a Buenos Aires: tenía fe en su voz y 4 pesos oro en el bolsillo. En junio de 1949 comenzó a peregrinar por modestos cafetines; debutó en el Los Andes, en Chacarita. Le ofrecieron 20 pesos por presentación y la comida con los mozos. En agosto, lo escuchó el letrista Raúl Hormaza. Le dijo que Enrique Mario Francini y Armando Pontier buscaban una segunda voz que acompañara a Alberto Podestá. La prueba fue en el teatro Picadilly. “¿Qué quiere cantar?”, le preguntó Pontier. “Tengo miedo”, respondió Sosa con suficiencia. “El tango Tengo miedo? ¿O tiene miedo de cantar?”, bromeó el bandoneonista. Sosa aprovechó la oportunidad de su vida. Esa misma noche acordó un sueldo de 1.200 pesos y consiguió ropa nueva. Empezaban los tiempos de éxito. Cuatro años después, tras una buena oferta económica, pasó a la típica de Francisco Rotundo. Pero en aquel 1953 comenzó a sufrir un problema en las cuerdas vocales; al año siguiente debió ser operado por el doctor León Elkin, especialista en nódulos de laringe. En 1955 volvió a la orquesta de Armando Pontier. En esa etapa, que duró tres años, grabó La gayola, Quién hubiera dicho, Padrino pelao, Martingala, Abuelito, Camouflage, Tengo miedo, Cambalache, Brindis de sangre, No te apures y Uno. “Todo lo que canto me gusta —aseguró El Varón del tango, ya famoso, ya bohemio, ya seductor, gracioso y recio, contradictorio, pintón, amante de las mujeres, el cigarrillo, la noche, el vértigo, los autos y las mascotas—. Jamás he interpretado una canción por compromiso. Estudio psicológicamente a los personajes de cada tango y me siento cada uno de ellos. Por eso digo que el cantor debe ser actor por naturaleza”. En 1960 decidió iniciar su etapa solista. Convocó a Leopoldo Federico para trabajar juntos. La dupla fue prolífica, triunfal: entre 1959 y 1964 grabó 62 tangos (María, Madame Ivonne, Volvió una noche, En esta tarde gris, El último café y Nada, entre otros), se presentó con enorme éxito en radio Belgrano —Federico era el director estable de la orquesta— y en infinitos bailes multitudinarios. “No comprendí en toda la dimensión quién era Julio Sosa hasta que actuamos por primera vez juntos —explicó Federico—. En un momento tuve que dejar de tocar, con el bandoneón temblándome en las rodillas. No podía creer lo que veía: Sosa se transformaba en el escenario. Tenía un poder de convocatoria y un carisma impresionantes”. El Varón del Tango, que tenía una hija de su segundo matrimonio, no se inquietaba por las corrientes nuevaoleras que parecían relegar al tango en los 60. Su poder de convocatoria se multiplicó con sus trabajos televisivos en ciclos como Luces de Buenos Aires, Copetín de tango o Casino. Con una carrera breve e intensa, el cantor uruguayo ya no tenía diques. Igual, él le atribuía su éxito al género en crisis. “Con el tango sucece como con el sol: a veces llueve, a veces está nublado, pero eso no quiere decir que haya desaparecido. Los otros ritmos no son más que nubes para el tango: fenómenos pasajeros”. A los clásicos que el público le pedía en los bailes les había incorporado —contra las sugerencias de su representante— tangos melódicos, algunos clásicos de otros cantores. Incluso y sobre todo de Gardel. Aunque a veces profesaba un humor picaresco, también tenía facetas cultas. Llegó a publicar un libro de poesía: Dos horas antes del alba (la hora en que tendría el accidente fatal). A sus giras se llevaba una linterna, para disfrutar de la lectura cuando el micro se quedaba a oscuras. El talento, la fama y acaso la muerte joven hicieron que Julio Sosa fuera comparado con Gardel. En junio de 1963, Sosa estuvo en la redacción de Clarín, en donde le preguntaron si no creía que se comerciaba con la memoria de El Zorzal. Contestó: “Pienso que a algunos se les fue un poco la mano. Por supuesto que no pongo en tela de juicio los merecimientos de “El Máximo”. Algunos lo ven como una veta inagotable. Y no creo que esa preocupación tenga por objeto conservarle el trono al gran Carlos. Porque es una utopía pretender igualarlo. Y porque los muertos son invencibles.”. Un año y medio después, en la esquina de Figueroa Alcorta y Castilla, Sosa se integraba, no sin enigmas, a ese selecto grupo de invencibles CINCUENTA AÑOS DE LA PARTIDA DE JULIO SOSA Lo llamaron El varón del tango por su voz grave, gruesa y la predilección por un repertorio orillero. Alguien dijo que era capaz de convertir cada tango en una trompada sentimental. Sin embargo, debajo de esa apariencia dura se escondía una personalidad romántica que reflejó en las 24 poesías recopiladas en libro que le dieron fama de tanguero culto, una calificación que siempre rechazó. Su muerte en un accidente de tránsito conmocionó al país hace medio siglo. Texto completo de ‘Varón, pa’ quererte mucho’, nota de Rafael Vaquero, seudónimo de Eduardo Rafael, publicada en el semanario El Equipo. “«Su muerte fue tremenda y llena de matices de leyenda: era una cena de despedida. Sosa jamás cantaba en reuniones. Pero esa noche sí. Y cantó tristes tangos que casi no se le conocían. Y él, que tenía una dicción perfecta tuvo que cantar nueve veces Aquel tapado de armiño porque no podía pronunciar ‘te lo pude al fin comprar’. Estuvo sorprendentemente cariñoso con sus compañeros: ‘Ustedes son mi familia’. (…) A los cinco minutos, ya solo en su coche, enfiló por la ancha avenida, exactamente sobre la línea demarcatoria. Un vigilante vio que se acercaba a 120 por hora a la baliza. Derecho, en línea recta. Hacia la muerte». Puede que el hecho haya ocurrido así. O no. Tal vez esa narración era el comienzo del mito. Edmundo Guibourg, que fue un maestro en eso, siempre ponía en duda lo que leía porque reconocía que los periodistas tenían facilidad para desarrollar una fértil imaginación. Apoyada en hechos reales la muerte del cantor Julio María Sosa dio para cualquier interpretación. Como la que acabamos de transcribir que pertenece a la revista Atlántida. (…) Julio Sosa era, en 1964, el intérprete de tango que más vendía. El sello que lo tenía contratado, Columbia, lo consideraba ‘artista de catálogo’, es decir, de venta inconmovible. (…) Siempre tuyo bien en claro lo que quería. Él decía, con voz grave, gruesa, un tango lento, ronco, orillero, irónico. Con olor a malvón y no a rosa. Los hombres lo escuchaban con emoción y algunos se iban rabiosos tras asombrarse por la bravura con que los cantaba. Además sabían que sus mujeres parecían enamorarse de ese mocetón ‘capaz de convertir cada tango en una trompada sentimental’. Uruguayo, nacido en Las Piedras, un pueblito a 26 kilómetros de Montevideo, llegó a Buenos Aires con dos pesos oro en los bolsillos, el 16 de junio de 1949. Al poco tiempo fue contratado para cantar acompañado por dos guitarras en el café Los Andes, de Villa Crespo. Le pagaban 20 pesos por noche. Después del reparto le quedaban 10 y la comida junto a los mozos, cuando terminaba la noche. De todos modos, ese comienzo sirvió para que un autor de letras, Raúl Hormaza, lo llevara ante Enrique Mario Francini y Armando Pontier. Lo contrataron y pasó a ganar $ 1.200 por mes. Debutó en el cabaret Piccadilly, en Corrientes al 1500, un lugar bien milonga donde se iba a bailar, no a escuchar. Muy pronto recibiría el espaldarazo definitivo. Una noche concurrió a Piccadilly Enrique Santos Discepolo. Cuando lo vio, Sosa le dedicó ‘la próxima interpretación’. Fue el tango Dicen que dicen, de Ballesteros y Delfino. Discepolín se conmovió. Cuando calló la voz, se levantó de la mesa, casi corriendo se acercó al escenario, lo abrazó, y le regaló esta genialidad: —¡Pibe, si lo hacés mejor te juro que está mal! Nunca, ni antes ni después, Julio Sosa recibió un elogio mayor. Fuerte, recio, con Francini-Pontier primero, con Francisco Rotundo después, otra vez con Pontier y finalmente con Leopoldo Federico, supo siempre aprovechar la vibración dramática de su voz. Se afirmó en el repertorio más reo de Celedonio Flores, Enrique Santos Discepolo, Enrique Cadícamo y en una serie de temas: (…) y sobre todo en el gran acierto de acoplar a los compases de La cumparsita los versos de Por qué canto así, de Celedonio Flores, para demostrar que lo de El varón del tango nunca fue una calificación exagerada. Venía de muy abajo. Jamás escondió sus orígenes. ‘Mi padre era analfabeto y mi madre fue sirvienta’, confesó en la recordada nota de Primera Plana. En febrero del 64 agrupó 24 poesías propias en un libro que se llamó Dos horas antes del alba. Le hicieron fama de hombre culto. Se indignó. ‘¿Yo, hombre culto? ¡Mentira! Mi universidad fue la calle. Es cierto que aprendí y hasta puede que haya llegado a comprender a Beethoven. Pero antes pasé por Canaro y no me arrepiento.’ Leía mucho, algo incomún en un cantor de tangos. Y escribía. Tuvo aciertos, como agregarle una introducción a la letra de los tangos que recitaba antes de comenzar a cantarlos. Y defectos: muchas veces cambió la letra original —unas pocas palabras— porque le gustaban o le caían bien otras. Su peculiar modulación hizo que en su voz los tangos de línea melódica alcanzaran la misma repercusión que los arrabaleros. Dejó grabados 142 temas. Será difícil encontrar uno que no guste. El mismo Sosa reveló el secreto: ‘Canto lo que siento y no me fijo si el autor es un amigo o no. Por la misma razón nunca quise escribir letras de tango, para no verme obligado a devolver favores’. Filmó una película con Hugo del Carril, Buenas noches, Buenos Aires y sus amigos dijeron que en 1965 esperaba romper la barrera de los diez millones de pesos. Los que lo conocieron bien aseguran que era desmedido para todo: para comer, fumar, para beber. Contaba chistes groserísimos en público y era capaz de tomarse de un solo trago una botella de Villavicencio. De él cabía esperar cualquier cosa: un insulto, un poema, un abrazo. El conocimiento de la muerte de Julio Sosa, aquella mañana del 26 de noviembre de 1964, produjo dolor y desconcierto. La difusión de la noticia se demoró una hora porque no se encontraba un lugar adecuado para el velatorio. (…) A las 2 de la madrugada Troilo, D’Arienzo y el diputado radical Reynaldo Elena solicitaron a Tito Lectoure la cesión del Luna Park para seguir velando a Sosa. Rápidamente se organizó un grupo de voluntarios y el cuerpo fue trasladado en una ambulancia. Corrientes abajo fue la gente tras su ídolo. El traslado a la Chacarita estaba previsto para las 15. ¡Doscientas mil personas hicieron que fueran necesarias 6 horas y 5 minutos para recorrer la calle Corrientes de punta a punta! Mientras el cuerpo de Sosa era depositado provisionalmente en el depósito Nº 7 —por lo desusado de la hora— la policía, a machete y gases, impidió que el público ingresara en el cementerio. Al día siguiente, los restos del cantor fueron trasladados, ahora sí, al Panteón de Sadaic y los diarios informaban del saldo del impresionante entierro: 70 personas atendidas en ambulancias de la Asistencia Pública, víctimas de desmayos por falta de aire o crisis emotiva, 4 personas detenidas y 8 policías —un oficial y 7 agentes— heridos. ¿Qué había pasado? El doctor Raúl Matera dio esta explicación: ‘Estuvimos frente a un claro fenómeno psicosocial. En la Argentina de nuestro tiempo hay vacancia de figuras señeras, de personalidades fuertes, de hombres que puedan traducir, políticamente hablando, toda la fe y toda la esperanza de un pueblo anhelante. Alguien tenía que llenar el vacío. Alguien o algo tiene que servir de escape’. Metido en su universo de tango y de tangueros, Aníbal Pichuco Troilo dio otra interpretación, mucho más simple y sentida: —¿Vos te creés que el que se fue era Sosa?… ¡No viejo! Nos fuimos, un poco, todos.”

Julio Sosa dejó su marca en el tango y El Varón del Tango Julio Sosa y una historia llena de interrogantes


Además de cantante fue figura de la radio, la televisión y el cine, y publicó un libro de poemas Ayer hubiera cumplido 75 años el cantor uruguayo Julio Sosa. En efecto: había nacido el 2 de febrero de 1926 en la ciudad de Las Piedras, departamento Canelones, en la vecina república. El pequeño Julio se había ganado la vida desde chico en los más variados oficios. A los doce años había ganado un concurso de aficionados en un recreo cercano a Montevideo, y en esos años irrumpía como cantor en algún café de su pueblo natal, hasta que alcanzó a cantar en la orquesta de Carlos Gilardoni. La suerte lo llevaría después a Montevideo y Punta del Este junto a los grupos de Epifanio Chain y Luis Caruso, y en el cuarteto de Hugo Di Carlo. Tras registrar algunos tangos con la orquesta de Caruso, Sosa, que no encontraba un lugar promisorio en su país, decidió instalarse en Buenos Aires. Fue en 1949 cuando irrumpió junto a las guitarras de Cortese y Fontana en el café Los Andes, de Chacarita. Después la suerte lo llevaría desde el breve paso por la orquesta de Joaquín Do Reyes a la célebre formación de Francini-Pontier, una verdadera catapulta para afianzar su prestigio. Con ella cantaba Alberto Podestá. Julio Sosa irrumpía en la escena con un perfil casi inédito en el tango, si se exceptúa a Edmundo Rivero: estaba naciendo, en su firme estampa, El Varón del Tango. Su recia voz de barítono-bajo incorporaba un nuevo modelo entre los cantores de tango, muy lejos de aquellos gorgoritos belcantistas de tenores sentimentales que antes habían sido consagrados como registro típico del tango. Así fue imponiéndose su estilo; estilo varonil, pero sin ínfulas, sin las bravuconadas canoras de Hugo del Carril, pero de estremecida dramaticidad. Se lo escuchó en la boite Picadilly de la calle Corrientes, en temporadas en Radio El Mundo y en grabaciones en el sello Víctor. Tras la etapa de Francini-Pontier, Sosa se integró, a partir de 1953, a la agrupación de Francisco Rotundo. Allí grabó para el sello Odeón. Y cuando Armando Pontier asumió solo la función de director orquestal, Sosa lo acogió como vocalista de su conjunto hasta 1958. A partir de entonces, al imponerse como primera figura, eligió como acompañante al bandoneonista y arreglador Leopoldo Federico, con quien dejó grabaciones para el sello Columbia. Allí registró también obras del repertorio criollo de proyección folklórica, con acompañamiento de guitarras. No solamente los sellos grabadores lo vieron pasar por sus estudios. También la radio y la televisión lo contaron entre sus asiduos protagonistas. Además, participó en varias películas dedicadas al tango, por ejemplo en "Buenas noches, Buenos Aires". No contento con esto, Sosa publicó un libro de poemas, sin duda premonitorio: "Dos horas antes del alba". En la personalidad de Julio Sosa anidaba un ser disconforme, que a menudo era visitado por la angustia. Sin duda pesaba sobre él una infancia con un padre analfabeto y una madre que se desempeñaba como sirvienta. Por eso un día pudo confesar "Yo me llamo fracaso". Muchos pudieron descubrir en él a un muchacho sombrío, a veces triste, que contrastaba con una estampa exteriorizada de hombre seguro de sí mismo, de displicente soberbia y cancherismo. Y llegó el día fatídico. Día prenunciado cuando en 1961 chocó contra un taxi, piloteando una motoneta, y cuando al año siguiente, conduciendo un auto pequeño embistió a un colectivo. En ambos casos había escapado de la muerte. Pero llegó el 26 de noviembre de 1964, cuando de madrugada, otra vez en auto, chocó contra un pilote de la avenida Figueroa Alcorta. Y tras desesperada agonía falleció a las 9.30 de ese día. La despedida Hasta el sanatorio donde lo atendían concurrieron miles de admiradores consternados y sin poder consolarse. En la lluviosa mañana del viernes 27 de noviembre, una muchedumbre se agolpó en el velatorio, para despedir al cantor que los había conmovido con "Rencor", "Qué me van a hablar de amor", "Nada", "Sus ojos se cerraron" y decenas de tangos; o ese desgarrante recitado de "La cumparsita". Lentísimo fue el cortejo fúnebre desde el estadio Luna Park, donde lo velaron miles de admiradores, hasta el cementerio de la Chacarita, donde el 28 fueron inhumados sus restos en el panteón de Sadaic. El llanto sólo fue interrumpido por episodios de una franja peronista de manifestantes que, como expuso La Nación en su edición del 29 "pretendieron capitalizar" para sí el entierro con una corona que llevaba el nombre de su líder político. En 1987 los restos de Julio Sosa fueron repatriados y depositados en el panteón familiar en su ciudad natal, Las Piedras, a 60 kilómetros al norte de Montevideo. Así se conmemoraba el 22º aniversario de la trágica desaparición de El Varón del Tango. Muchos habían considerado a Julio Sosa como el sucesor de Carlos Gardel. De todos modos, más allá de los estilos del canto, sus destinos confluyen en que ambos encontraron la muerte trágicamente FUENTE LA NACIÓN xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx Entrevista a Ana Magnabosco* (docente, dramaturga y narradora) ¿Qué motivaciones la llevan a acercarse a la personalidad, a la historia de Julio Sosa? Todo comenzó en una época que yo viví en Las Piedras - viví 10 años - y dirigía un grupo teatral, con el cual hicimos una obra que se llama “Estación Las Piedras”. Para ello hicimos un trabajo de investigación con el grupo de actores, a partir de un tema del presente que eran los jóvenes que se mataban con las motos, casi siempre en las vías frente a la Estación. Las vías tienen muy salidos los rieles de los adoquines en un cruce que hay en Las Piedras, en ese lugar había siempre accidentes con las motos y morían adolescentes. El tema era una preocupación. Incluso en el grupo de teatro que dirigía uno de los integrantes tenía un familiar que había muerto hacía poco - un chiquilín, un adolescente - de forma trágica, también en una moto. Entonces queríamos hablar de ese tema, de esa cosa inmortal que hay en la adolescencia, donde parece que uno puede hacer cualquier cosa, donde parece que la muerte está lejísimo, o que es un tema que le toca a otros. Y sin embargo, era algo cotidiano en Las Piedras, el hecho de que muriera - en esa época - un joven por semana en accidentes de moto. La Estación Las Piedras, ahora está reciclada pero en los 90 era una estación abandonada. Por lo cual los actores - y yo me incluí - hicimos una investigación preguntándole a la gente, primero a la familia, a los vecinos, a los amigos, qué personajes recordaban de Las Piedras. Y después hicimos un trabajo de Mesa y decidimos que había 20 personajes que estaban presentes, incluso uno del siglo XIX que era Joaquín Bosch, que fue el que hizo el Molino de Bosch, que sigue estando como pieza histórica en la vieja Ruta 5, que es la entrada - hoy principal - que atraviesa La Paz y Las Piedras. Y aparecía Bosch con su historia, con una historia trágica en ese molino. Y uno de los personajes muertos que, por supuesto, estaba en la memoria - o el principal personaje que estaba en la memoria - de todos los pedrenses, era Julio Sosa. A raíz de esa investigación que hicimos sobre Julio Sosa que, incluso, fuimos con todo el grupo de teatro al cementerio de Las Piedras y descubrimos que estaba el ataúd de Julio Sosa (en ese momento en muy mal estado) en el panteón de Bosch, que es, una réplica del Molino de fines del siglo XIX. Es a partir de todas estas circunstancias que me informo más de él y de su vida. - ¿Lo habían puesto allí porque la familia no tenía donde ponerlo? - No, porque parece que se trajo a Julio Sosa como secuestrado, esa es la historia. Según los testimonios algunos amigos hicieron una especie de secuestro para traer sus restos. Vinieron de una manera casi clandestina. - Porque los argentinos, ¿no lo entregaban? - No, no lo entregaban. Entonces se trajo a Las Piedras pensando en hacerle un monumento, en tener un panteón para Julio Sosa, para que volviera a su patria. Y, en realidad, eso no se concretó nunca y el ataúd de Julio Sosa está en este panteón que es una especie de molino, que estaba muy deteriorado. O sea, ese ataúd está expuesto allí y estaban los vidrios rotos… - ¿La investigación les dio “insumos” para la Obra? - Hicimos la obra “Estación Las Piedras” - que es una de las cosas más lindas que yo recuerdo de esa época que dirigí teatro en Las Piedras- y fue un éxito de público. Los pedrenses asistieron masivamente a esas funciones porque reconocían a personajes que habían estado, sobre todo en el siglo XX. Un vendedor de lotería, un famoso cura que para luchar contra un prostíbulo famoso en Las Piedras, logró que la curia le pagara una capillita y la instaló exactamente enfrente al prostíbulo. ¡O sea, frente a una iglesia no podía haber un prostíbulo! En cada historia había cosas muy curiosas, muy de pueblo, pero muy interesantes desde el punto de vista del relato teatral. En ese contexto, en ese momento a mí me interesó mucho todo lo que pasaba con Julio Sosa porque era como una contradicción. O sea, quererlo traer de nuevo a su tierra y en realidad, luego, que no sucediera nada. Una de las cosas que vimos es que para hacer la estatua de Artigas, que está en la Plaza de Las Piedras, se demoró muchísimo para conseguir en colecta popular el bronce. Pero para hacer la de Julio Sosa - que es el doble de grande - el bronce apareció de un día para el otro. ¡Había hasta canillas! O sea que había una decisión popular de que Julio Sosa tuviera su estatua - que la tiene y del tamaño real - pero que nadie sabía porqué, cuando todos esperaban que Julio Sosa estuviera en la Plaza, terminó estando en una esquina fuera de la plaza, que es donde sigue estando. -La gente conocía a Julio Sosa y estaba motivada - de acuerdo a tu relato - por su trayectoria artística, porque era de allí, o porque conocía su trayectoria, su vida? Yo te estoy hablando de testimonios (casi una historia oral) que yo recabé hace más de 20 años. En esa instancia todavía, me encontré con gente que había sido compañeros de escuela, amigos de Julio Sosa, gente que lo había protegido o que había sido testigo de su infancia. Me acuerdo de un escribano muy mayor que había sido testigo directo de toda la infancia de Julio - ahora está fallecido, pero era contemporáneo- y que me contó cosas que después yo corroboré que estaban en el conocimiento popular, colectivo. -¿Por ejemplo? - Como que, por ejemplo, Julio Sosa había sido hijo de un señor poderoso en Las Piedras, un hijo no reconocido. -¿Cómo se llamaba ese señor? - Ese señor se llamaba Lisandro Carámbula. Son testimonios populares. Yo no te lo puedo asegurar. Pero hoy sería muy fácil. Si uno quisiera saber, con hacer un estudio de ADN se sabría exactamente. La historia es que Julio Sosa era un ser con una gran pulsión autodestructiva. Siempre era un hombre que estuvo viviendo al límite, por ejemplo con la velocidad, se mató justamente por eso, pero también, al límite en las relaciones personales. -¿Tiene algún ejemplo de eso? - Largas jornadas de trabajo y luego largas jornadas de sexo, de alcohol, de situaciones siempre llevadas al límite. Estoy hablando del Julio Sosa famoso. De una vida “reventada” en Buenos Aires, a mil. Como diciendo: “Bueno, estoy viviendo al borde, al borde, al borde”, siempre. Y, a su vez, con una gran angustia y tristeza personal, al punto que él se rodeaba de animalitos: perritos, gatos. Toda su ternura particular la volcaba en mascotas. Y una profunda soledad. Ese Julio Sosa éxito y gran cantante y con gran adoración del público, convivía con un Julio Sosa en Buenos Aires que tenía una gran melancolía, un gran dolor de vivir. Esa es la primera cosa. - ¿Y se sabe porqué? - La explicación que yo tengo es de acuerdo a los testimonios. En lo puntual, él tenía una hija - que debe vivir - que se llama Ana María, una única hija, y toda esa vida desordenada de artistas, mujeres, etc., etc., lo llevó a divorciarse de su mujer, con la cual tenía esta hija. - ¿Era de allí, de Las Piedras? - No, no. Este matrimonio se efectuó en Buenos Aires y era una mujer de ascendencia extranjera - una rubia muy esplendorosa - con quien él se casó y con quien tuvo esta hija. Al hacerse el divorcio - una cosa terrible pero que suele pasar - la mujer le quita la posibilidad de ver a su hija, con lo cual le genera un dolor existencial enorme, porque él tenía adoración por esa niña y no la puede volver a ver nunca más. Es su única heredera. Supuestamente, esa mujer debe ser hoy quien cobra los derechos de autor de Julio Sosa. - En esa investigación ¿qué pudo saber de su niñez y adolescencia en Las Piedras? - En realidad los testimonios que yo recogí, no sólo por una persona, sino de muchas, es que Julio Sosa fue un niño que ni siquiera calzado tenía, lo que en el pueblo se dice: “andaba en patas”… -¿Pero tenía madre? - Si, tenía padres. Provenía de una familia muy modesta y también - fruto de ese matrimonio que eran sus padres - hubo luego una niña, una hermana. La “historia” es que Julio Sosa es hijo de una empleada, que en ese momento era menor de edad. Cuando esta chica queda embarazada, este señor (Lisandro Carámbula) logra un casamiento y un obsequio - que es una casa muy modesta - para tapar ese escándalo social de un embarazo (extra matrimonial) y lograr colocar a esa chica con un marido y una vida independiente. - ¿Lo que usted me dice es que el verdadero padre de Julio Sosa, deja embarazada a una menor, que trabajaba en su casa como empleada y luego la aleja de su vida, provocando que se case con otro hombre haciendo una vida independiente? Si. Según los pedrenses, él era igual a su padre físicamente y no tenía nada que ver con su padre adoptivo que - por otra parte - hizo siempre de padre. Fue quien lo crió. En Las Piedras - en esa época era más pueblo, hoy es una gran ciudad - todo el mundo sabía esta historia y todos los testimonios indican que también sus hermanos por parte del padre real. -¿Sus hermanos por parte de padre? Sí, de padre, que era de una familia acomodada, una familia de clase alta de Las Piedras, estos hermanos iban al colegio “San Isidro” - que es el colegio que está en la plaza, el colegio de los curas - y los otros niños - con esa crueldad que muchas veces se expresan algunos niños - le decían: “Ahí van tus hermanos. ¡Y vos acá, en patas, vendiendo bizcochos en la plaza!” (Ya que Julio Sosa -niño - en aquellos momentos pasaba muchas horas allí). Los testimonios también hablan de que la gente le decía a un chiquilín: “Y vos sos más parecido al viejo Lisandro que los propios hijos. ¿Por qué no vas y le decís a tu padre que te compre unas zapatillas?”. ¡Qué crueldades, verdad! Con lo cual, lo que yo percibí - y estoy hablando de cosas que me contaron - es que Julio Sosa ya era un niño dolido, un niño que sufría una injusticia que él no podía manejar. Porque él - ya desde los ocho años - vendía bizcochos. Andaba por Las Piedras con una canasta de bizcochos y se subía al ómnibus de la época, ofreciendolos. O sea, era un niño pobre, cuando todo el entorno le decía: “¡Vos sos el hijo de un rico!”. Hay también otro testimonio de su vida en las Piedras. Esto un poco más adelante; parece que - de repente - tenía hambre e iba a los bares y pedía un refuerzo. Había una Fonda en Las Piedras donde una señora siempre le hacía un refuerzo de mortadela porque le daba como pena. Porque era un muchachón, era igual que su progenitor, que era un hombre de gran físico, de porte alto. Y se había hecho un muchacho grande y vivía desesperado por comer. Y había una señora que él siempre le caía en gracia, él era muy simpático, muy comunicativo y él siempre le agradeció a esa mujer que le brindara - sin ningún costo - un café con leche y, lo que se llamaba antes, un “especial” de mortadela. - Durante la investigación, ¿no pudieron tomar contacto con la madre? - No, la madre ya había muerto. Quien vivía era su hermana, pero este tipo de cosas son muy delicadas, porque, de última, tu estás yendo contra el honor de una muchacha a la que yo considero - si esto es verdad - una víctima de las circunstancias. ¿Qué podía hacer la “empleadita” de la casa, con un embarazo que ya no se podía ocultar? ¡Era un escándalo, local y familiar! Y en esa época esa doble moral se admitía y este señor, Carámbula, lo que hizo fue solucionar el problema de la manera que le pareció más adecuada. - Que más pudo saber del padre que lo adoptó? - Este hombre parece que era un peón rural, era un hombre trabajador. Pero, en realidad, siempre fue un hombre muy pobre. Pero que aparentemente lo aceptó bien. Lo que sucede es que Julio tuvo que salir a trabajar siendo un niño. Quiere decir que en ese hogar había carencias económicas graves, importantes. Con esa confrontación de estar él en la plaza vendiendo bizcochos y ver pasar a sus hermanos de uniforme, abrigados y acompañados yendo a un colegio privado, cuando él no sé si terminó la primaria. -¿Y se conoce alguna anécdota de la reacción de los hermanos sobre él? - No, no. De eso no tengo ninguna noticia. O sea, sin duda así como lo sabía toda Las Piedras, lo debían saber sus hermanos. Pero creo que son esas cosas que pasaban en los pueblos, que es muy difícil de admitir. Porque es reconocer el “pecado de papá”. “¿Cómo levantamos esto? Es mejor no ver”. Supongo yo que es mejor no ver. La idea que a mí me quedó es que el hecho de que Julio triunfara es como una especie de reivindicación social, no sólo por sus méritos de artista, sino que también era la oportunidad de decir: “bueno, la vida le pegó tan mal, que el hecho de que ahora triunfe y de que tenga dinero y que sea famoso y que vuelva a Las Piedras - como él volvió, llevado en andas - a cantarle a la gente de Las Piedras…” - ¿Él estuvo en Las Piedras ya siendo famoso y fue recibido como un triunfador? - Si, si. ¡Fue aclamado y adorado! La gente de Las Piedras siempre sintió un gran orgullo por ese hijo pedrense que - sin dudas - es un gran artista. -¿Y cómo fue el proceso de vendedor de bizcochos a gran artista? - Bueno, parece que - y eso también lo pusimos en esta obra teatral, “Estación Las Piedras” - siempre está el mito de que hay otro que canta mejor, ¿viste? Como el jugador de futbol, hay uno que era mejor pero resulta que a último momento le pasó no sé que cosa. El cuento es que en Las Piedras se cantaba en un bar que había en la plaza - que ahora se convirtió en un supermercado - en esos lugares que uno dice: “porqué, no sé…”. Yo llegué a conocer ese bar con un cuadro de Julio Sosa, mientras su dueño vivió, que era contemporáneo y admirador de Julio Sosa. En ese bar parece que se cantaba, se cantaba en forma espontánea, con cantores y en un momento dado se hizo un concurso, porque había la oportunidad de mandar un cantor - no se si fue en todos los departamentos - a participar en un gran concurso de cantores de tango en Buenos Aires. Entonces, localmente, se hizo el concurso y parece que había uno que cantaba mucho mejor que Julio Sosa, pero que tomaba. Y Julio Sosa tenía una gran hinchada de gente que quería que él ganara y el cuento es que al otro, para darle ánimo, le daban una caña y otra caña y otra caña. Y cuando llegó el momento de cantar, ya no se acordaba ni de la letra. Finalmente Julio ganó ese concurso. Y después surgió el problema de que no había dinero para que él viajara, ni dinero ni pilchas… ¡Porque había que presentarse en Buenos Aires! Entonces parece que los amigos más cercanos, todo el grupo de ese Bar y en realidad mucha gente que lo conocía, hicieron una colecta para comprarle el pasaje y un traje - que era lo que se usaba en la época- y que él se pudiera presentar en Buenos Aires. Está también la anécdota que Julio Sosa siempre contó; que él le estaba agradecido a un taxista desconocido, que cuando llegó a Buenos Aires no tenía idea de donde tenía que ir y el taxista lo llevó hasta el lugar donde se hacía el concurso y no le quiso cobrar. Lo vio tan desvalido que… Que no le cobró. Cuando él ya era famoso contó mucho la anécdota y ese hombre nunca apareció. Él quería, realmente, agradecerle y lo decía siempre. Porque él se tomó un taxi - porque no sabía qué colectivo tomar ni adonde ir - y después, cuando supo lo que valía el viaje que había hecho, se dio cuenta de que él llevaba - suponete - un peso y lo que le hubiera costado el taxi eran como cinco pesos. Que si ese hombre le hubiera cobrado, hubiera tenido un problema serio. Pero en el trayecto del puerto al lugar donde él tenía que ir - no sé por qué razón - ese taxista decidió que él lo iba a apoyar en su llegada a Buenos Aires y no le quiso cobrar. Así que Julio Sosa llegó con una mano atrás y otra adelante. -¿Qué edad tendría cuando eso? - Supongo que veinte y pocos años. Era la época de oro del tango en Buenos Aires y él cantaba en las confiterías y en los bares. -¿No volvió más? - No volvió más, directamente inicio una carrera de cantante. - ¿Toda en Buenos Aires? - Toda en Buenos Aires. - Que otra actividad de esa época se conoce que realizara - Nada más que changas. Changas de alguien que no pudo estudiar. Aunque hay un dato muy curioso: él era - aparentemente - un gran lector y hay un libro de poemas de Julio Sosa y un libro editado por él que, singularmente, tiene dos o tres poemas valiosísimos. Es un libro que destila dolor, absolutamente. Yo lo he tenido en mis manos, me lo prestaron en Las Piedras. Los poemas son de un dolor existencial que, realmente, a mi me da para pensar que toda esa historia de ese dolor, de la injusticia del niño, de ver que, realmente, nació en cuna de oro y no le tocó…se expresa allí. -¿Habla de madre, habla del padre, de su universo familiar? - No. Habla del dolor de vivir. O sea, no hay allí un apego a lo que pueden ser los afectos, o la familia. Yo diría que es un libro existencial, es un libro en donde la vida - para él - es sufrimiento. Y estamos hablando de un artista en su apogeo. De un hombre que hacía muchísimo dinero, que tenía fama, que tenía cosas que - de repente - para el común de la gente puede ser “LLEGAR” a determinado lugar. Sin embargo ese libro - que son poemas - lo desnuda como un ser doliente. Por eso yo tiendo a creer que esa historia de esa injusticia con que fue marcado su nacimiento y con que fue señalada su infancia… Porque una cosa es que suceda eso y otra cosa es que tu te críes y te vivan diciendo: “¡Andá a pedirle a tu padre que es rico que te de…!” -¿No se conoce ninguna declaración, expresión de él en referencia a ese origen y a su padre real? - No públicamente, yo creo que cuando él logró llegar a ese lugar de “triunfo” entre comillas, quizás haya funcionado como una compensación en lo social. - Pero sin comillas también, ¿no? - Sin comillas. Pero digo desde el punto de vista del dolor de él, yo digo un “triunfo” entre comillas, porque eso no lo salvó de la autodestrucción. En esa época él se había comprado un auto alemán que era un auto sport último modelo - lo que sería hoy una Ferrari, quizás - y si vas a 200 o a lo que da el auto, al máximo, es obvio que estás caminando por la cuerda floja. -Y él durante su adolescencia o ese período que vivió en Las Piedras - los 20 años, supongamos -¿tuvo novia, tuvo relaciones afectivas que se conozcan? - No te lo puedo asegurar, pero supongo que tiene que haber hecho la vida común de un hombre joven pero - claro - de un muchacho pobre. Porque estamos hablando de Las Piedras de los años 30, en donde las diferencias sociales eran muy marcadas. Había una clase alta - como en todo pueblo del Interior - que estaba dada por la burguesía, los comerciantes y los profesionales - y había una gran cantidad de gente pobre o trabajadora que estaba en otra… Esas diferencias que eran muy claras con los clubes en la plaza en donde Julio - por ejemplo - no podía entrar al Club Social, no le correspondía. -¿Eso es afirmativo? ¿No lo dejaban entrar? - No te lo puedo afirmar. Pero sí, que a ese club iba la clase alta. Y se hacían los bailes y allí entraba la gente de esos sectores. - Y después, ¿cantó cuando era famoso en ese club o en esos clubes? - ¡Cantó, como no. Sí, después! Creo que hay una anécdota de eso, de que era algo así como una “cobrada”. ¡Ahora ahí entró, llegó! Cuando vuelve con la fama. Pero en realidad él es un hijo dilecto de Las Piedras, porque él nunca renegó de su lugar de origen, nunca renegó de los padres que tuvo, de los padres que lo criaron de verdad, ni ocultó su pobreza. - Los padres con los que él creció, ¿estaban vivos cuando él era famoso? - Si, si. ¿Y él los llevó, a Buenos Aires, los atendió? No te puedo asegurar eso. Pero hay algo extraño: la casa natal, que era la casa de sus padres, que - supongo yo - que vivió su hermana, estaba abandonada. Y era una casa muy modesta. - ¿La hermana vive? - A esta altura no sé. -¿Pero por aquellos años de tu investigación, vivía? Si, hasta los años 90, vivía. Yo pienso que son esas cosas que pasan en el Interior. Que pasa también con el tema de Gardel; todo el mundo sabe como es la historia, pero es muy difícil ir contra los parientes locales que - a su vez - son tus vecinos, o tus conocidos, o la gente que vos ves. Y que todos saben pero nadie lo dice públicamente, o lo admite, o lo recrimina. - A la sociedad, ¿le gusta más la versión, que la historia real? ¿Vive más ese universo de imaginación que de realidad? - Sin duda, sin duda. Ahora, ¡yo en ese contexto los comprendo… Creo que hoy estamos viviendo otras épocas. Creo que muy probablemente, un hijo natural iría y diría: “Mirá, acá hacemos el estudio de ADN y quiero mi parte”. O: “soy fulano”, o “me parezco a vos”, lo encararía. Pero estamos hablando de otra época, en donde esas historias pasaban todo el tiempo y donde el que era víctima, se callaba, porque consideraba que había “perdido”. Que era lo que le había tocado. A mí, me conmovió mucho esta historia desde el punto de vista de cómo puede marcar el dolor de la infancia el destino de una persona. Un dolor no resuelto. - Usted indicó los gestos positivos que tuvo la sociedad pedrense cuando se hizo el monumento y en algunas otras instancias. Incluso cuando lo recibieron en andas. Pero hoy parece haberse diluido o perdido… - Si, pero eso creo que tiene que ver más con el “ser uruguayo”, somos un pueblo con poca memoria. Como que no tenemos ídolos. Es parte de la idiosincrasia… ¿Finalmente el monumento no fue llevado al centro de la Plaza? El monumento está en una esquina, cruzando la calle. No está dentro de la plaza. Parece que en su momento hubo una gran polémica, porque se hablaba de que el monumento iba a estar en la plaza y era lo que la gente quería. En su oportunidad, un pedrense me dijo con mucho dolor: “Bueno, como él era pobre, no le correspondía estar adentro de la plaza. Tenía que estar afuera, en la calle”. Singularmente, está en una esquina y frente a un Banco, delante de una casa bancaria. Pero bueno, está ahí porque la gente lo puso. Porque se hizo esa colecta pública por el bronce y se financió la estatua. - Simbólicamente él era de allí, de la calle, no del “centro de la Plaza”. Exactamente. No era del centro de la plaza. Pero sí que transitó esa plaza tratando de hacerse el pan. A mí me conmueve mucho pensar en él. Pero creo que es una historia de época y era así: los varones salían a trabajar y a los 8 o 9 años estaban en la calle tratando de ayudar a los padres a “parar la olla”. Hoy es muy mal visto un niño que trabaje, pero en esa época no. Era normal. - Relativamente. Porque tenemos hoy centenares en las calles pidiendo y trabajando. - Si, es cierto, es cierto. Pero en aquella época era bien visto. O sea, estaba bien visto que el chiquilín - sobre todo el varón - saliera cuanto antes a ayudar a “parar la olla”. -¿A usted le gusta el canto de Julio Sosa? ¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Me encanta! -Y ¿qué es lo que le encanta? - ¡Me encanta la voz, me emociona ese timbre profundamente varonil! Pienso que el “Varón del Tango” está muy bien puesto. - ¿No se hace problema de género con el enfoque que hay hoy, de que los tangos que canta, a veces extremadamente machistas? - No, porque el tango siempre fue machista, es en el mundo del machismo y hay que aceptarlo así. Si no, uno se tendría que enojar con el tango. El tango es un género machista. Hay muy pocos tangos que dejan bien parada a la mujer, ¿no? - ¿Cuál le gusta más de los tangos que canta? - “Madame Ivonne”. Me parece que es una joya. Y miro a mi compañero que es hincha de Gardel… y que dice que no hay como Gardel. Pero a mí me gusta muchísimo. Si tuviera que elegir entre Gardel y Julio Sosa, me quedo con Julio Sosa. Lo siento una voz más próxima a mi mundo. Me sigue emocionando - aún hoy - sentirlo cantar “Madame Ivonne”. -¿Qué conclusión final tiene del origen de Julio Sosa? ¿Qué juicio tiene del padre biológico, de la situación? ¿Lo ve como un hecho sociológico o moral? - Yo diría que ambas están puestas allí. Una de las cosas que aprendí escribiendo es que uno se tiene que colocar siempre en el tiempo histórico, porque las ideas - todas las ideas, incluso las morales - cambian y son relativas con respecto al tiempo en el que uno vive. Yo creo que la historia de Julio es propia de una época en donde la doble moral era aceptada, ¿verdad? Los hombres solían tener su mujer, la legítima, los hijos legítimos y era muy común una familia paralela o tener hijos con las trabajadoras domésticas. Era lo más común. Tener relaciones sexuales era parte del trabajo de la doméstica. ¡Esa historia la hemos visto hasta el cansancio! En la literatura, en las telenovelas, en todos lados. Y para la gente de la época, eso no estaba mal visto. A mí lo que me conmueve mucho de esta historia, es el dolor de Julio visto por sus contemporáneos. ¡El sufrimiento que él tenía! Esa imagen que ya relaté; él parado en la plaza, en invierno, descalzo, con aquellos pantalones cortos que se usaban en la época, con la canasta con los bizcochos, temprano en la mañana, viendo pasar a sus hermanos con los capotes de paño abrigado para el colegio. Y él temblando de frío y que otro, más grandote, le gritara: “¡Ahí van tus hermanos! ¿Por qué no le pedís, vos al viejo Lisandro que te compre unas zapatillas? Vos, que andas en pata”. Él temblando y viendo a esos niños - que tenían un año o dos más que él- viéndolos a metros, abrigados yendo al colegio. Cuando él estaba sin ir a la escuela y trabajando. Esa cosa injusta. O el: “¡Vos, que sos más parecido a tu padre que los propios hijos! ¡Andá y pedile tal cosa!”. ¡Creo que es un dolor enorme, de injusticia! - Pero también es la historia de un triunfador. Porque es de menos a más. - De menos a más. Cómo él pudo hacer valer su talento real, legítimo, pero (te hago el “pero”) no dejó nunca de ser ese niño temblando de frío, dolido y herido. Esa es mi teoría, con la cual yo quería hacer un guión o una novela. Pienso, todavía, que algún día voy a hacer una novela. Me detuvo mucho el hecho de esa cosa de que uno alude a nombres públicos, a figuras públicas, a que el Uruguay - todavía - es una aldea y que hasta donde la ficción… Porque en realidad, yo tendría que tener los elementos de investigación como para decir: “Bueno, con permiso. Voy a sacar ADN de un hueso y voy a pedir a un descendiente que se preste…”. ¿Lo conseguiría? Creo que no. En esta historia hay otro elemento muy curioso; porque en realidad - como tu decís - él triunfó por él mismo, triunfó por su talento. Pero, fijate qué curioso, hoy se habla mucho de la historia genética, como sale una voz tan afinada, un oído tan privilegiado de una familia que también - la suya, la de sangre - se destacó por la música. -¿Ah, sí? ¿Hay una relación ahí? -Si, si, si. Pianistas y gente que tocaba instrumentos. Es como si dijeras: “vengo de una familia de dibujantes”. Él viene de una familia de gente que tiene que ver con la música. ¿Qué sería él de “Berugo” Carámbula? Abuelo. ¿Queda algo que mis preguntas no hayan cubierto lo que Ud puedas decir sobre esta historia? No. Que se podría investigar mucho más. Que se podría hacer una ficción que, en realidad, tendría que trascender a la historia de Julio. Que tendría que hablar de cosas de otra época, de cosas que quizás - ya hoy - no pesen demasiado, como esa doble moral que hizo… Cuando uno piensa, por ejemplo, en Eva Perón y en el dolor que llevó a Eva Perón a mover todo un país y una situación política… Porque nosotros sabemos hoy que ella era esa niña despreciada por su familia original, era hija natural de un señor poderoso y ese hombre tenía una doble vida y ella se consideraba - injustamente - parte del pueblo pobre y parte de los desgraciados, que terminaron siendo los “descamisados” y cómo eso te lleva a otro lugar. Entonces, es producto de una época. Hoy se reconocen los hijos naturales. - Pero a ese dolor usted le da un signo trágico. Sin embargo son triunfadores. - Pero porque fueron privilegiados. Porque pudieron trasladar el signo trágico y convertirlo en épico. -¿Son los menos? - ¡Son los menos! Sí. Está lleno de historias de esta gente que nunca triunfó. Obviamente, estamos hablando de privilegiados. Y a lo que yo voy - que es una teoría personal - es que ese dolor existencial… Capaz que era otra época. Si Julio Sosa viviera esta historia en el hoy, obviamente hubiera tenido un apoyo de terapia, o de antidepresivos, o de una cantidad de cosas. O hubiera podido ir contra su realidad y defenderse. Pero era otra época. Esas cosas se callaban. Eran secretos. Tú imaginate cómo le podés decir a tu propia madre: “¡Vos estuviste con fulano! ¡Yo no soy hijo..!”. Porque cuando él nació, ya nació en un hogar con un papá, al que se le dijo: “Este es tu papá”. ¿Cómo vas vos contra eso? Vas contra el honor de tu propia madre. O sea, ¡es muy duro! Por eso yo me detuve y no avancé con esa historia, porque me daba cuenta que era… Pude haber ido, estuve tentada de ir a la casa de esta señora - viejita ya - a hablar de este asunto y después pensé: “la voy a agredir”. Porque ¿qué me va a decir esta señora? “¡Usted está loca! ¡Mi madre no pudo nunca haber hecho tal cosa!”. - ¿Estás hablando de la hermana? - ¡Claro! Porque es ir contra tu propia madre, contra el honor de tu madre, ¿no? - Debo recordarle que usted es una docente, una intelectual, no una periodista… Porque un periodista hubiera ido. - Exacto. Pero a mí me conmovió mucho… No tenía la menor idea de esta historia de Julio Sosa. Yo lo veía como lo ve la gente común, lo veía al cantante triunfador. Y cuando a raíz de esta investigación para la obra de teatro me entero de este dolor, de la infancia, me conmovió profundamente. - Una última precisión, ¿esta es una historia oral recogida por usted? - Si, si. Pero, recuerdo que a este escribano de Las Piedras, al que ya hice referencia, le toqué el timbre, (no lo conocía) y le dije: “Mire, yo quiero que usted me diga, realmente, si esto es así”, y me dijo: “Es y es tal cual”. *************************** *ANA MAGNABOSCO: Dramaturga, narradora y guionista, nacida en Montevideo. Cuenta con 32 piezas teatrales estrenadas en el país y el exterior; recibiendo numerosos premios y distinciones, entre otros el FLORENCIO al Mejor texto de Autor Nacional, el Premio DRAMATURGIA de la Intendencia Municipal de Montevideo, y por 4 ediciones el PREMIO ANUAL de LITERATURA otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura. Le ha sido otorgado el Premio "JULIO SOSA - 2004" en reconocimiento a su "Labor de Docencia y Dirección Teatral en la ciudad de Las Piedras". Su Taller LAS MUSAS ha sido premiado por la Fundación Lolita Rubial, integrando la Antología de Cuentos, entre los más destacados Talleres Literarios del país.